26
Jan
2010
Que América Latina asuma su responsabilidad
By admin. Posted in Black and White | No Comments »
La manera más apropiada de enfrentar la crisis haitiana, que ha llegado a un nivel insoportable tras el devastador terremoto del pasado 12 de enero, es desde una perspectiva continental, asumiendo la comunidad latinoamericana la responsabilidad principal de sanear y reconstruir ese hermano país. Los estados latinoamericanos no pueden rehuir esa responsabilidad dejando que sean Estados Unidos y la Unión Europea quienes asuman y ejecutan de manera exclusiva la tarea de salvar a Haití.
Hasta ahora no se ha observado una participación militante y protagónica de parte de la América Latina. Hay excepciones, claro está. Como siempre, la más destacada excepción es la de Cuba, un país de recursos limitados y con sus propios problemas, sobre todo después de ser visitada por varios huracanes durante 2008. Desde mucho antes de ocurrir el terremoto los cubanos le estaban dando amplia ayuda a Haití, particularmente en el renglón sanitario. Unos 400 médicos y especialistas de la salud, repartidos por casi todos los departamentos (“comunas”) en que se divide el país – 227 de 337- estaban trabajando previo a la catástrofe. A ellos se han unido otros especialistas, incluyendo tres equipos quirúrgicos y 32 médicos residentes haitianos que estudiaban en Cuba. Otros países latinoamericanos – Venezuela, Brasil y Chile, entre otros – también han enviado ayuda médica.
Todos estos esfuerzos son plausibles, particularmente en estos momentos cuando lo más urgente es salvar vidas y, además, cuando las limitaciones de infraestructura obligan a limitar la ayuda que se pueda prestar. Pero lo que el momento requiere es que de inmediato se planifique una estrategia continental dirigida a reconstruir la economía haitiana y a reforzar las instituciones hasta lograr el funcionamiento de un verdadero estado nacional.
Hasta ahora el protagonismo ha sido de Estados Unidos que, además de proveer ayuda médica y alimentaria, ha decidido movilizar hacia Haití a diez mil de sus soldados. Esta movilización militar estadounidense – efectuada de manera unilateral y sin que medie algún requerimiento o coordinación con la ONU – ha levantado preocupación, entre otros, de la propia Unión Europea (UE). Además de la UE como entidad, las quejas de Francia por este enfoque militarista han sido explícitas.
Pero tal vez como reacción momentánea ante la magnitud y gravedad de la tragedia era inevitable la acción unilateral de los países con mayores recursos. Cuando se trata de salvar vidas y dar de comer no se puede esperar por reuniones de coordinación. No obstante, tan pronto se logre una mínima estabilización, el protagonismo unilateral debiera detenerse para dar paso a una acción concertada donde se envuelva todo el continente, en particular los países latinoamericanos.
Resulta cómodo esperar que Estados Unidos actúe aun cuando la responsabilidad primaria es de nuestra América Latina porque Haití es parte de nosotros. Países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Venezuela tienen recursos suficientes para también auxiliar a Haití y tienen, además, la responsabilidad que brota de la hermandad latinoamericana. No se trata de enviar un barco lleno de alimentos y un contingente de médicos para cubrir la cuota y tranquilizar la conciencia. Todos han hecho eso o lo harán en los próximos días. Lo que requiere Haití es que todos los países de la región se reúnan para que junto a Estados Unidos y la UE se diseñe una estrategia dirigida a convertirlo en un país viable.
Uno no quisiera pensar que el elemento racial y el lingüístico son los que explican la frialdad que se percibe en ciertos países latinoamericanos, particularmente los del Cono Sur, donde ni siquiera la prensa destaca en sus portadas la tragedia haitiana. Haití requiere el abrazo no sólo porque es parte de nosotros sino porque fue el país que abrió la senda de la libertad por la que luego transitaron los demás. Lograron su independencia de Francia tan temprano como 1804 y luego auxiliaron los movimientos de liberación de muchos otros lugares de América. Más tarde, igual que el resto de América, fueron víctima del neocolonialismo estadounidense que los invadió con sus Marines y apoyó a los dictadores que lo saquearon. Su historia es igual a la de casi todos los países del área, pero sus problemas son más graves.
Es posible entender y hasta explicar la frialdad y la evidente insensibilidad que proyecta el Republicanito de derecha que es ahora gobernador colonial de Puerto Rico, quien ha reaccionado a la tragedia haitiana de la misma manera que lo ha hecho el gobernador de Oklahoma. Luis Fortuño proyecta tener la misma cercanía o distancia cultural con Haití que tiene el gobernador de Wyoming. Por eso está esperando que el Comando Sur del Ejército de Estados Unidos le diga cuándo puede mandar la ayuda que espontáneamente aportaron muchos puertorriqueños. Pero el resto de América Latina no puede actuar como el Republicanito que tenemos aquí.
El futuro de Haití tiene que ser el mismo del resto de América y es responsabilidad de todos asegurarnos que así sea.
Fuente: Claridad
1. Con frecuencia se habla del pentecostalismo como un “movimiento”, debido a que la transversalidad de sus orígenes confesionales (metodistas, bautistas, presbiterianos, etc.) hace difícil considerarlo como una “familia confesional”. No obstante lo anterior, las iglesias pentecostales se organizan de una manera relativamente similar a las denominaciones del protestantismo histórico: comparten con ellas la fe trinitaria y la herencia de la Reforma , y cuentan con algún tipo de organización central, ya sea de tipo episcopal o congregacionalista. Carecen, sin embargo, de instancias que las representen a todas en los niveles nacional, regional o mundial.
3. Aunque Wesley no interpretó la santificación como una obra específica de la tercera persona de la Trinidad , esto es, como un bautismo en el Espíritu Santo, sí lo hizo su contemporáneo (y sucesor como líder del metodismo naciente), el suizo John Fletcher. Wesley no alentó esta línea de interpretación, y aunque rechazaba la idea de que los dones y señales extraordinarias del Espíritu Santo hubieran sido un privilegio exclusivo de la era apostólica, prefería alentar el cultivo de los frutos –por sobre los dones- del Espíritu Santo. Pero esta interpretación “pentecostal” de la santificación ya quedo insinuada, y fue tomando cada vez más fuerza: el poder para la transformación que implica el camino de santidad proviene del bautismo del espíritu Santo, como también los carismas necesarios para el cumplimiento del mandato misionero. Esta búsqueda del poder del Espíritu Santo caracterizó a los avivamientos («revivals») evangélicos de fines del siglo XIX.
5. La presencia pentecostal en América Latina es mucho más temprana de los que se suele pensar (los casos más tempranos son Chile: 1909; Argentina y Brasil: 1910; Perú: 1911; Nicaragua: 1912; México: 1914; Guatemala y Puerto Rico: 1916). Esto significa que la historia del pentecostalismo en América Latina comienza antes que se constituyeran las grandes denominaciones pentecostales norteamericanas o europeas. Mientras en Chile se trató de un avivamiento local, en los demás países mencionados el trabajo lo iniciaron misioneros solitarios o inmigrantes. Por lo tanto, la primera fase de expansión pentecostal no contó con respaldo institucional ni financiero de denominaciones norteamericanas o europeas. Casi sin excepción, en esta primera fase las iglesias pentecostales crecieron en sectores rurales empobrecidos y en los emergentes barrios periféricos. Por lo tanto, se trata efectivamente de sectores de población que aunque hubieran sido bautizados, no contaban con asistencia pastoral, lo que había debilitado su adhesión a la Iglesia Católica . los sujetos de esta evangelización han sido, en la mayoría de los casos, personas del pueblo que han querido compartir su propia experiencia de encuentro con Cristo.
por CELAM y CLAI (Consejo Latinoamericano de Iglesias) . Una de sus principales conclusiones fue que para avanzar en el diálogo hay que crear espacios para conocerse, orar juntos, y así derribar los prejuicios mutuos.
En Brasil y México nacieron las primeras sociedades protestantes, estrechamente ligadas a los movimientos anticlericales y masónicos. Los primeros misioneros presbiterianos, metodistas y congregacionalistas empezaron a llegar hacía el 1872. A los primeros protestantes sudamericanos en México y Brasil, se les unieron otros en países como Argentina, Cuba y Chile.



