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La manera más apropiada de enfrentar la crisis haitiana, que ha llegado a un nivel insoportable tras el devastador terremoto del pasado 12 de enero, es desde una perspectiva continental, asumiendo la comunidad latinoamericana la responsabilidad principal de sanear y reconstruir ese hermano país. Los estados latinoamericanos no pueden rehuir esa responsabilidad dejando que sean Estados Unidos y la Unión Europea quienes asuman y ejecutan de manera exclusiva la tarea de salvar a Haití.

Hasta ahora no se ha observado una participación militante y protagónica de parte de la América Latina. Hay excepciones, claro está. Como siempre, la más destacada excepción es la de Cuba, un país de recursos limitados y con sus propios problemas, sobre todo después de ser visitada por varios huracanes durante 2008. Desde mucho antes de ocurrir el terremoto los cubanos le estaban dando amplia ayuda a Haití, particularmente en el renglón sanitario. Unos 400 médicos y especialistas de la salud, repartidos por casi todos los departamentos (“comunas”) en que se divide el país – 227 de 337- estaban trabajando previo a la catástrofe. A ellos se han unido otros especialistas, incluyendo tres equipos quirúrgicos y 32 médicos residentes haitianos que estudiaban en Cuba. Otros países latinoamericanos – Venezuela, Brasil y Chile, entre otros – también han enviado ayuda médica.

Todos estos esfuerzos son plausibles, particularmente en estos momentos cuando lo más urgente es salvar vidas y, además, cuando las limitaciones de infraestructura obligan a limitar la ayuda que se pueda prestar. Pero lo que el momento requiere es que de inmediato se planifique una estrategia continental dirigida a reconstruir la economía haitiana y a reforzar las instituciones hasta lograr el funcionamiento de un verdadero estado nacional.

Hasta ahora el protagonismo ha sido de Estados Unidos que, además de proveer ayuda médica y alimentaria, ha decidido movilizar hacia Haití a diez mil de sus soldados. Esta movilización militar estadounidense – efectuada de manera unilateral y sin que medie algún requerimiento o coordinación con la ONU – ha levantado preocupación, entre otros, de la propia Unión Europea (UE). Además de la UE como entidad, las quejas de Francia por este enfoque militarista han sido explícitas.

Pero tal vez como reacción momentánea ante la magnitud y gravedad de la tragedia era inevitable la acción unilateral de los países con mayores recursos. Cuando se trata de salvar vidas y dar de comer no se puede esperar por reuniones de coordinación. No obstante, tan pronto se logre una mínima estabilización, el protagonismo unilateral debiera detenerse para dar paso a una acción concertada donde se envuelva todo el continente, en particular los países latinoamericanos.
Resulta cómodo esperar que Estados Unidos actúe aun cuando la responsabilidad primaria es de nuestra América Latina porque Haití es parte de nosotros. Países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Venezuela tienen recursos suficientes para también auxiliar a Haití y tienen, además, la responsabilidad que brota de la hermandad latinoamericana. No se trata de enviar un barco lleno de alimentos y un contingente de médicos para cubrir la cuota y tranquilizar la conciencia. Todos han hecho eso o lo harán en los próximos días. Lo que requiere Haití es que todos los países de la región se reúnan para que junto a Estados Unidos y la UE se diseñe una estrategia dirigida a convertirlo en un país viable.

Uno no quisiera pensar que el elemento racial y el lingüístico son los que explican la frialdad que se percibe en ciertos países latinoamericanos, particularmente los del Cono Sur, donde ni siquiera la prensa destaca en sus portadas la tragedia haitiana. Haití requiere el abrazo no sólo porque es parte de nosotros sino porque fue el país que abrió la senda de la libertad por la que luego transitaron los demás. Lograron su independencia de Francia tan temprano como 1804 y luego auxiliaron los movimientos de liberación de muchos otros lugares de América. Más tarde, igual que el resto de América, fueron víctima del neocolonialismo estadounidense que los invadió con sus Marines y apoyó a los dictadores que lo saquearon. Su historia es igual a la de casi todos los países del área, pero sus problemas son más graves.

Es posible entender y hasta explicar la frialdad y la evidente insensibilidad que proyecta el Republicanito de derecha que es ahora gobernador colonial de Puerto Rico, quien ha reaccionado a la tragedia haitiana de la misma manera que lo ha hecho el gobernador de Oklahoma. Luis Fortuño proyecta tener la misma cercanía o distancia cultural con Haití que tiene el gobernador de Wyoming. Por eso está esperando que el Comando Sur del Ejército de Estados Unidos le diga cuándo puede mandar la ayuda que espontáneamente aportaron muchos puertorriqueños. Pero el resto de América Latina no puede actuar como el Republicanito que tenemos aquí.

El futuro de Haití tiene que ser el mismo del resto de América y es responsabilidad de todos asegurarnos que así sea.

Fuente: Claridad

 

19

Jan

2010

Iglesias pentecostales

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1. Con frecuencia se habla del pentecostalismo como un “movimiento”, debido a que la transversalidad de sus orígenes confesionales (metodistas, bautistas, presbiterianos, etc.) hace difícil considerarlo como una “familia confesional”. No obstante lo anterior, las iglesias pentecostales se organizan de una manera relativamente similar a las denominaciones del protestantismo histórico: comparten con ellas la fe trinitaria y la herencia de la Reforma , y cuentan con algún tipo de organización central, ya sea de tipo episcopal o congregacionalista. Carecen, sin embargo, de instancias que las representen a todas en los niveles nacional, regional o mundial.

2. El pentecostalismo de origen protestante no es un movimiento reciente, puesto que ya ha cumplido su primer siglo de existencia. Sus raíces histórico-teológicas se hunden en el movimiento de santidad que durante el siglo XIX marcó profundamente al protestantismo anglosajón. Este, a su vez, se remonta al movimiento renovador de John Wesley en la Inglaterra del siglo XVIII. En el contexto de una Iglesia en la que convivían, no sin tensiones, las tradiciones teológicas y espirituales del catolicismo y del protestantismo, Wesley predicó acerca de la santificación como una obra de la gracia subsecuente a la justificación . Así, sin abandonar el acento protestante en la gratuidad de la salvación, redescubrió la importancia del camino hacia la santidad (perfección cristiana) y sus implicaciones para la vida personal, social y para la misión. De esta forma, se sumó a otras reacciones continentales (el pietismo y el puritanismo) frente a una ortodoxia protestante que, en su defensa de la iniciativa divina, la sola gracias, había dejado muy poco espacio para la piedad, para la ética y para la acción misionera.

3. Aunque Wesley no interpretó la santificación como una obra específica de la tercera persona de la Trinidad , esto es, como un bautismo en el Espíritu Santo, sí lo hizo su contemporáneo (y sucesor como líder del metodismo naciente), el suizo John Fletcher. Wesley no alentó esta línea de interpretación, y aunque rechazaba la idea de que los dones y señales extraordinarias del Espíritu Santo hubieran sido un privilegio exclusivo de la era apostólica, prefería alentar el cultivo de los frutos –por sobre los dones- del Espíritu Santo. Pero esta interpretación “pentecostal” de la santificación ya quedo insinuada, y fue tomando cada vez más fuerza: el poder para la transformación que implica el camino de santidad proviene del bautismo del espíritu Santo, como también los carismas necesarios para el cumplimiento del mandato misionero. Esta búsqueda del poder del Espíritu Santo caracterizó a los avivamientos («revivals») evangélicos de fines del siglo XIX.

4. El nacimiento del “pentecostalismo clásico” se asocia generalmente al avivamiento ocurrido en 1906 en Los Angeles (calle Azusa), Estados Unidos, sobre la base de una enseñanza cuya difusión había iniciado Cherles Parham en el año nuevo de 1900: la “evidencia inicial” del bautismo del Espíritu Santo, según las Escrituras (Hechos de los Apóstoles), es el don de hablar en lenguas. Este avivamiento, dirigido por un pastor negro (William Seymour) en un precario templo, duró más de tres años y fue efectivamente un centro al cual llegó gente de muchas partes, y desde donde partieron misioneros a distintos lugares de los Estados Unidos y del mundo entero. La doctrina de la “evidencia inicial” sería el acento teológico que separó al pentecostalismo del movimiento de santidad, y que le otorgó su identidad. Sin embargo, hoy en día la mayoría de los historiadores reconoce que este fue uno de los focos de mayor impacto en los orígenes del pentecostalismo, pero no el único. Hubo otros avivamientos contemporáneos e independientes, por ejemplo en India y en Chile, que dieron origen a movimientos pentecostales que mantuvieron más fuertemente sus raíces wesleyanas, y no adoptaron la mencionada doctrina de la “evidencia inicial”.

5. La presencia pentecostal en América Latina es mucho más temprana de los que se suele pensar (los casos más tempranos son Chile: 1909; Argentina y Brasil: 1910; Perú: 1911; Nicaragua: 1912; México: 1914; Guatemala y Puerto Rico: 1916). Esto significa que la historia del pentecostalismo en América Latina comienza antes que se constituyeran las grandes denominaciones pentecostales norteamericanas o europeas. Mientras en Chile se trató de un avivamiento local, en los demás países mencionados el trabajo lo iniciaron misioneros solitarios o inmigrantes. Por lo tanto, la primera fase de expansión pentecostal no contó con respaldo institucional ni financiero de denominaciones norteamericanas o europeas. Casi sin excepción, en esta primera fase las iglesias pentecostales crecieron en sectores rurales empobrecidos y en los emergentes barrios periféricos. Por lo tanto, se trata efectivamente de sectores de población que aunque hubieran sido bautizados, no contaban con asistencia pastoral, lo que había debilitado su adhesión a la Iglesia Católica . los sujetos de esta evangelización han sido, en la mayoría de los casos, personas del pueblo que han querido compartir su propia experiencia de encuentro con Cristo.

6. Cuando décadas más tarde las denominaciones pentecostales norteamericanas iniciaron su actividad misionera en América Latina, el patrón de crecimiento basado en ministerios y recursos locales ya estaba establecido. Por lo tanto, la importancia de misioneros y recursos extranjeros es mucho menos significativa de lo que generalmente se supone, con la excepción de algunas áreas con alta presencia indígenas. Los grupos más recientes, generalmente denominados “neopentecostales”, no provienen del pentecostalismo clásico. Históricamente, deben ser vistos más bien como derivados del movimiento de renovación carismática que comenzó en los 1960s en las iglesias tradicionales (Católica y Protestantes).

7. Las dificultades para el diálogo ecuménico Pentecostal-Católico en América Latina, más allá de las obvias diferencias histórico-teológicas, deben entenderse en el contexto de las tensiones propias que emergen cuando se da una relación de minoría-mayoría religiosa. Aunque existe un proceso de diálogo Católico-Pentecostal iniciado en el año 1972 , este es apenas conocido en América Latina. Sin embargo, hay evidencias que también en nuestro continente el cambio de lenguaje para referirse unos a otros, y la apertura al diálogo, puede producir buenos frutos. En Chile, por ejemplo, donde se constituyó la “Fraternidad Ecuménica” el año 1972, con participación de algunas iglesias pentecostales, existe ya una larga tradición de oración común y de co-participación en otras iniciativas de interés público. Un punto culminante fue la firma, en mayo de 1999, de un compromiso de reconocimiento mutuo del Bautismo celebrado según la fórmula trinitaria. Ya en 1998 se realizó en Quito un primer encuentro latinoamericano entre sacerdotes católicos y pastores pentecostales, convocado conjuntamente por CELAM y CLAI (Consejo Latinoamericano de Iglesias) . Una de sus principales conclusiones fue que para avanzar en el diálogo hay que crear espacios para conocerse, orar juntos, y así derribar los prejuicios mutuos.

8. Lo más importante de este tipo de aproximación, es que al generar oportunidades para el reconocimiento mutuo como “hermanos y hermanas en Cristo”, permite que el ejercicio de la vocación misionera y de la atención pastoral se desarrolle con creciente respeto mutuo. De esa manera va emergiendo una cultura de convivencia y un ecumenismo práctico que se evidencia en situaciones tan cotidianas como velatorios, visitación de enfermos, acompañamiento en situaciones de crisis, etc.

Autor: Juan Sepúlveda G. | Fuente: zenit.org

 

19

Jan

2010

AMÉRICA LATINA V

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Los antecedentes del protestantismo en América Latina nos llevan a los primeros años de la colonización del Continente. Por un lado podemos ver los intentos de algunas potencias protestantes por instalarse en América y por el otro, la llegada de personas de forma aislada a las colonias españolas.
La primera de las formas de instalación del protestantismo en América fracasó. Como ejemplo tenemos el caso de la colonia de los Welser en Venezuela (1528-1546), apoyada por el mismo Carlos I de España para pagar una de sus deudas bancarias, y que fue desmantelada por la Corona años después al convertirse en un foco de luteranos. También están las colonias hugonotas en la Bahía de Guanabara (1555-1560) en Brasil y en La Florida (1562-1565), todas destruidas por la Corona Española. Por último el Brasil holandés (1630-1654) gobernado por calvinistas.
La segunda forma fue la llegada espontánea de trabajadores protestantes. La Corona controlaba estrechamente quien se instalaba en las colonias, pero algunos protestantes lograron burlar a la Inquisición, aunque el número de personas acusadas de “herejías” luteranas en los tribunales de la Inquisición Americana es muy pequeño en los siglos XVI al XVIII.

Tras la Independencia la mayoría de las nuevas naciones americanas abolieron los tribunales de la Inquisición, pero no incluyeron en sus constituciones la libertad de cultos hasta varios años más tarde. Los padres de las naciones americanas eran en un alto índice anticlericales, pero seguían viendo en la religión un elemento de integración nacional.
La llegada de los liberales al poder facilitó la entrada de los primeros misioneros protestantes a los países de América Latina. Entre los misioneros destaca la figura de James Thomson, representante de las Sociedades Bíblicas Británicas. Thomson llegó al puerto de Buenos Aires en 1819 y desde el principio recibió el apoyo del presidente Bernardo Rivadavia. De Argentina Thomson pasa a Chile en 1821, donde también recibió el apoyado del presidente Bernardo O’Higgins, en 1822 llega a Perú, donde fue nombrado director de educación pública. En 1824, Thomson pasa a Ecuador y un año después a Colombia. Por último continuó su labor en México y las Antillas españolas e inglesas.
Tras las huellas de Thomson fueron numerosos los agentes de las Sociedades Bíblicas que extendían la difusión de las Sagradas Escrituras en lengua vulgar.
Las relaciones comerciales entre las nuevas naciones y varios países protestantes fueron suavizando el trato a los extranjeros evangélicos, pero ningún país cambió en esta etapa sus constituciones para admitir la libertad religiosa. La mayoría de los inmigrantes protestantes no veían la necesidad de difundir su fe y se contentaba con la simple práctica de la misma, pero algo iba a cambiar.
El ultramontanismo católico y el nacimiento de un movimiento liberal más radical y secular, abrieron la puerta a la libertad de cultos. Casi todas las constituciones hacia la mitad del siglo XIX habían incluido la libertad religiosa en su articulado.

En Brasil y México nacieron las primeras sociedades protestantes, estrechamente ligadas a los movimientos anticlericales y masónicos. Los primeros misioneros presbiterianos, metodistas y congregacionalistas empezaron a llegar hacía el 1872. A los primeros protestantes sudamericanos en México y Brasil, se les unieron otros en países como Argentina, Cuba y Chile.
Durante el siglo XIX habían surgido numerosas sociedades misioneras en Estados Unidos para difundir su mensaje en América Latina. Estas agencias se centraron en dos puntos básicos: la creación de escuelas y de centros médicos.
La difusión evangélica durante el siglo XIX fue lenta y difícil. La presión social sobre los nuevos conversos, las persecuciones y linchamientos, empezaron a generalizarse en diferentes países americanos. Pero el protestantismo había arraigado en todos los países. En México, por ejemplo, 1892 había 566 iglesias y en el 1908 había 700 congregaciones.
El protestantismo al comenzar el siglo XX era una pequeña minoría en la mayoría de los países, compuesta en su mayor parte por clases medias, pero tenía una amplia red educativa y médica y buena relación con los políticos de corte liberal.

Fuente: Historia Para Debate Digital

 

El Congreso Protestante de Latinoamérica de 1916 en Panamá y los de Montevideo (1925) y La Habana (1929) comenzaron a formar la conciencia del movimiento evangélico latinoamericano.
El Congreso de Panamá hizo especial hincapié en la labor social de la Iglesia en América. A pesar de que en la Conferencia de Edimburgo de 1910 habían desestimado América Latina como campo misionero del cristianismo, pero la disidencia de los norteamericanos, encabezados por John R Mott, fomentó la evangelización protestante de América Latina.
Los Congresos de Montevideo y la Habana nacieron en un momento de crisis social y política. La revolución Mexicana y el aumento de la inmigración hacia buena parte de los países latinos, produjeron rápidos y fuertes cambios sociales.
En 1925 se calcula que había unos 712 mil protestantes en América Latina y un número igual de simpatizantes.
A partir de los años 40 empezó un movimiento protestante destinado a la evangelización de los indios, que hasta el momento habían sido descuidados por las misiones protestantes, pero el fenómeno más importante para el futuro del protestantismo latinoamericano fue los primeros albores del protestantismo de carácter pentecostal.
Chile fue uno de los países pioneros dentro del movimiento pentecostal, siguiéndole de cerca Brasil y México. El movimiento pentecostal con sus peculiaridades fue extendiéndose poco a poco por todo el continente de una manera espontánea, criolla y sin fuertes apoyos extranjeros.
La Conferencia Evangélica Latinoamericana de 1949 fue dirigida por los líderes del protestantismo histórico y no desarrollo ningún método ni plan conjunto de evangelización de América.

En este periodo se fundaron varias agencias misioneras nuevas como La Misión Latinoamericana (1921), que después de la década de los cuarenta empezó a utilizar medios de comunicación de masas para la propagación de las creencias evangélicas. Este fenómeno de difusión o predicación masiva del Evangelio había surgido en los Estados Unidos y estaba inspirado en el Gran Despertar y evangelistas como Moody. Uno de los evangelistas de masas más conocidos fue Billy Graham, pero en América Latina surgieron evangelistas autóctonos como Eliseo Hernández o Juan Isaías.

Fuente: Historia Para Debate Digital

 


Octavo artículo de esta serie sobre las iglesias “Pentecostales” escrita por el historiador Mario Escobar Golderos.

Origen y creencias del movimiento pentecostal (VIII)

El pentecostalismo no es propiamente una corriente de pensamiento ni una nueva denominación protestante, como ya hemos señalado en otros artículos. El pentecostalismo es un movimiento para eclesial que ha afectado de una manera u otra a la mayor parte de las iglesias, incluida la Iglesia Católica.

La historia del movimiento pentecostal es clara. Nace a principios del siglo XX en Estados Unidos de una forma espontánea y se extiende rápidamente por el mundo. Poco tiempo después de su nacimiento sufre el rechazo de alguna de las denominaciones clásicas y crea sus propias denominaciones.

Pero, ¿cómo es el pentecostalimos latinoamericano? Las estadísticas hablan por si mismas, entre un 60 % y un 70% de los protestantes latinoamericanos son pentecostales. Estos porcentajes se repiten en la mayoría de países del Tercer Mundo, siendo tan sólo más bajos en los países europeos. A nivel mundial podemos estar hablando de 93 millones de pentecostales, a los que hay que unir unos 30 millones de carismáticos protestantes y unos 10 millones de carismáticos activos católicos y unos 60 millones de pos-carismáticos católicos.

Los Pentecostales es el movimiento religioso que más crece en el mundo, con un índice de crecimiento de un 8,1%. Por ejemplo el índice de crecimiento católico es de un 1,3% y el de musulmanes un 2,9%.

Las doctrinas Pentecostales se centran en el mover del Espíritu Santo en la Iglesia, según el libro de Hechos 2. El Espíritu Santo reparte dones a la Iglesia, esta creencia es generalizada en el cristianismo, pero el pentecostalismo hace énfasis en manifestaciones de poder como: sanaciones milagrosas, don de lenguas, profecía, etc.

Dentro del pentecostalismo hay una serie de denominaciones clásicas muy extendidas y con varios decenios de existencia como Asambleas de Dios. En la actualidad hay movimientos neo Pentecostales que están creciendo de una manera rápida, su énfasis son la “Super fe” y la teología de la prosperidad.

El movimiento pentecostal ha influido notablemente en la liturgia de las iglesias protestantes, animando la alabanza y enfatizando la relación personal con Cristo y el deber de evangelizar. Tal vez uno de los fenómenos más importantes ha sido el freno puesto al movimiento carismático católico y su notable descenso.

En la declaración de la Conferencia Episcopal Puertorriqueña (1977), por ejemplo, ya se habla del peligro del carismatismo. Por un lado se duda de que los fenómenos carismáticos provengan del Espíritu Santo y lo ven como una renovación importada del protestantismo.

Uno de los documentos más curioso sobre el pentecostalismo en América Latina es el escrito por el director de ecumenismo de la Conferencia Episcopal de Chile, Robert E. Mosher.

Mosher ve el pentecostalismo Latino Americano de una forma muy positiva. Dice de él cosas como: “El pentecostalismo chileno da evidencias de haber desarrollado una forma de vida cristiana muy criolla…El pentecostalismo abre para sus miembros un importante camino de la interculturación de la fe cristiana… el tipo de autoridad ejercido por los pastores. En los casos que me ha tocado conocer, el pastor parecía ejercer una especie de patriarcado sobre la comunidad…el mismo énfasis en la espiritualidad vivencial que hace el pentecostalismo, permite mayor desarrollo para la mujer en campos de liderazgo social…”.

Mosher, aunque advierte de algunos peligros del extremismo, tiene una visión positiva del pentecostalismo, sobre todo en los tres puntos expuestos de religión adaptada a la cultura, cuidado pastoral y desarrollo de la mujer.

Muchos asocian el triunfo del pentecostalismo a la nueva cultura posmoderna y a un nueva expansión de movimientos irracionalistas. Pero lo que podemos afirmar es que el cambio religioso más importante del siglo XX y que sigue en expansión es el movimiento pentecostal.

Mario Escobar Golderos

Fuente: Historia Para El Debate Digital